El filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) fue una de las mayores inteligencias del pensamiento europeo en el siglo XIX. La influencia de su obra más importante El mundo como voluntad y representación, publicada en 1816, alcanzó al también filósofo Friedrich Nietzsche y al psicoanalista Sigmund Freud. Solterón y enemistado con sus colegas, sostuvo una visión trágica de la vida según la cual los hombres están gobernados por una poderosa fuerza superior a ellos, un impulso ciego que los conduce a la nada y nunca queda satisfecho. Su mal carácter y sus teorías a contracorriente le granjearon grandes enemistades y ácidas discusiones. Schopenhauer pensaba que, cuando las artes de la argumentación fracasan, el último recurso son los insultos y las ofensas. Alianza Editorial acaba de reeditar un pequeño libro (El arte de insultar, 2007) donde se recopilan las amarguras y ofensas de Schopenhauer a lo largo de sus escritos. Todos conocemos la más famosa: “Las mujeres son seres de cabellos largos e ideas cortas”, pero hay bastantes más que hemos seleccionado aquí, todo un banquete para los pesimistas: Continua leyendo…
A fines del siglo XIX varios artistas plásticos estadounidenses estaban al pendiente de la evolución estética en Europa. Uno de los casos más relevantes es el del pintor John Singer Sargent (1856-1925). Originario de Boston, estudió pintura en Florencia y París en plena época del Impresionismo. Sin embargo, en su mejor etapa optó por la vertiente realista y la gran tradición de autores como Diego Velázquez (1599-1660). Así como el escritor Henry James (1843-1916) se convirtió en el más europeo de los literatos estadounidenses, Sargent adoptó sabiamente la influencia del Viejo continente y fue el pintor favorito del la aristocracia londinense. Sus retratos, con un excepcional manejo del claroscuro, alcanzan gran profundidad sicológica y, vistos hoy, hacen eco de un mundo opulento, plácido y decadente. En los últimos años de su carrera incursionó en el paisaje y el desnudo masculino y dibujó escenas de la Primera Guerra Mundial. Nada mejor que olvidarse del hostil mundo que nos rodea y recorrer su galería aquí
Hoy, con la irritante inmediatez del correo electrónico, nadie parece recordar la antigua costumbre de depositar un texto en el interior de una botella vacía y arrojarla al mar con la esperanza de que llegue hasta su destinatario, probable salvador de un náufrago. Una forma azarosa y extraña de entablar contacto que entusiasmó a literatos como Julio Cortázar en su célebre texto dedicado a la actriz Glenda Jackson. Hay, sin embargo, curiosas historias sobre ese singular medio de comunicación. El viaje más largo fue el de una botella conocida como El holandés errante arrojada en 1929 por unos científicos alemanes a las aguas del sur del Océano Índico. En su mensaje, que podía verse desde el exterior, solicitaban que quien la encontrara informara de su hallazgo y la devolviera al mar. Arrastrada por una corriente llegó hasta América del Sur. La regresaron al mar… surcó el Atlántico y retornó al Índico, casi al mismo punto de su origen. En 1935 fue descubierta navegando en las costas occidentales de Australia: a lo largo de seis años de viaje había recorrido más de 16,000 millas náuticas. No sabemos qué ocurrió después con ella. ¿Alguno de ustedes la ha visto?
Ha pasado ya un año desde la muerte del presidente ruso Boris Yeltsin (1931-2007), el primero elegido democráticamente en su país y uno de los impulsores de la caída del comunismo y la desintegración de la Unión Soviética promovidos por Mijaíl Gorbachov. Muy aficionado al alcohol, en muchos momentos de su carrera nos recordó que si los políticos no sirven para nada (cuando no son los abiertos enemigos de la población), lo menos que pueden hacer por nosotros es divertirnos. Y para recordar esa misión presentamos aquí su sensacional número de baile.
Luis Bernardo Pérez es un talentoso escritor de relatos breves e inteligentes que en unas cuantas palabras abre ventanas a lo inesperado. En 2004 obtuvo el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández. Acaba de publicar el libro Fin de fiesta y otras celebraciones bajo el sello de Editorial Ficticia con el cuidado diseño y las portadas siempre atractivas que caracterizan a sus libros.
Tomado de ese volumen, este es su cuento Abracadabra, la pequeña crónica de un desaparecido:
Con motivo de mi octavo aniversario, papá y mamá organizaron una fiesta en casa. Hubo juegos, globos y serpentinas. También un mago. Durante la función, Shankar el Magnífico solicitó un voluntario y, como era mi cumpleaños, fui el elegido. Pasé al frente en medio de una gran expectación y me introduje en un baúl misterioso. Desde entonces nadie ha vuelto a verme.
Comencemos por distinguir el masculino del femenino. El Horla es un relato fantástico de terror creado por el escritor francés Guy de Maupassant (1850-1893) en 1887 sobre una criatura hecha de materia invisible e impalpable que escapa a cualquier investigación a través de los sentidos. Se apropia de la voluntad de sus víctimas y extrae de ellas toda su energía vital hasta sumirlas en la locura. La orla es la simple orilla de una prenda, a veces adornada. Pero hasta ese fragmento de tela puede estar dotado de un significado simbólico. En Medio Oriente rozar con la mano la orilla de una túnica o vestido era una manifestación de respeto o sumisión. Por el contrario, arrancarla o cortarla era un castigo que llenaba de deshonra a su merecedor que quedaba a merced de su enemigo. Generalmente se asociaba a otra forma de humillación: cortar el cabello del castigado. Dos palabras homófonas y aparentemente inconexas se suman en una forma inédita de terror metafísico y vergüenza social. Una combinación irresistible…
En el mundo de los negocios actuales es muy común hablar de “franquicias”, un sistema comercial en virtud del cual una empresa titular le concede a otra el derecho a usar su nombre, imagen y esquema de servicio a cambio de una remuneración económica. El origen de ese concepto no está en nuestro desdichado mundo neoliberal, sino en la Edad Media y la ruta de los peregrinos rumbo a Santiago de Compostela, cuyo emblema es una concha marina. En el tramo francés de ese camino aparecieron agrupaciones urbanas favorecidas con privilegios especiales a las que se dio el nombre de “franquicias” por el origen franco o francés de sus integrantes. Antes de esa época de las peregrinaciones los francos, conquistadores de Galia, eran la clase noble, libre de cargas tributarias. Por eso también llamamos “zona franca” al territorio de un país que goza de beneficios fiscales. ¡Las vueltas que da el lenguaje!
El escritor turco Orhan Pamuk obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 2006. Uno de sus libros más importantes es la novela Nieve, en la que estudia su preocupación central: el choque entre la Turquía islámica y retrógrada con las fuerzas modernizadoras a favor de la secularización del estado propuesta por Mustafá Kemal. Nieve es un thriller político que describe ese enfrentamiento en Kars, una remota ciudad de la península de Anatolia, donde ocurre una pequeña y sanguinaria revolución. Sin embargo, a una determinada hora del día hay un alto al fuego y ambos bandos encienden la televisión para ver una serie. Pamuk la describe:
Marianna era una serie melodramática mexicana que uno de los grandes canales de Estambul ponía cinco días por semana y que gustaba mucho en toda Turquía. Marianna, la joven bajita, de enormes ojos verdes, simpática y coqueta que daba nombre a la serie, era una muchacha necesitada, de clase baja a pesar de lo blanquísimo de su piel. Cuando se enfrentaba a situaciones difíciles, a acusaciones injustas, a amores no correspondidos, los espectadores recordaban muy bien el pasado de pobreza, de orfandad y de soledad de aquella Marianna de pelo largo y rostro inocente. Aquella muchacha estaba librando su propia guerra contra los capitalistas…
La chica de ojos verdes descrita por Pamuk es Verónica Castro; la serie, Los ricos también lloran, cuya fama legendaria quedó asegurada en una gran obra literaria. ¿Lo sabrá la actriz?
El director de cine austriaco de origen alemán Michael Haneke se ha distinguido por su cruda visión de la violencia en la sociedad contemporánea en películas como El video de Benny (1992), Código Desconocido (2000) y La Pianista (2001). En México se dio a conocer con Juegos divertidos (1997), producida en Austria con actores de ese país. Es película narra la historia de una familia que va a su casa de campo a vacacionar. Dos vecinos llegan a pedirles un par de huevos y, una vez dentro de la casa, se dedican a someter y torturar a la familia por varios días hasta causarles la muerte sin haber ninguna razón de por medio. El desarrollo de la trama es desagradable e inquietante. Diez años después de haberla filmado, Haneke rodó una segunda versión de la misma historia, pero ahora producida en Estados Unidos. El título es igual (Funny Games) y en esta ocasión el papel de la madre está a cargo de Naomi Watts. Pronto la veremos en México. Los cinéfilos podrán disfrutar mucho la comparación entre el original y el remake del mismo director. ¿Será el final de la nueva versión tan desolador como el de la película original?
En esta temporada los mercados populares de México están ofreciendo una fruta que ya era apreciada en el México prehispánico: capulines (Prunus virginianus). El vasito cuesta unos diez pesos. Los capulines son pequeños y oscuros, su carne es dulce y tienen un hueso (o carozo, que es el nombre correcto en el caso de las frutas) bastante grande. En otros puestos se venden jugosas cerezas (Prunus avium) procedentes de Estados Unidos, más dulces, claras y carnosas. Su precio es mucho mayor: 35 pesos el cuarto de kilo en esta semana. Llegando del mercado comparo ambas frutas y encuentro varias semejanzas de forma, color y sabor. La consulta en los libros me revela que se parecen porque son de la misma familia (rosaceae) y género (Prunus). La diferencia es que los capulines son silvestres y las cerezas, cultivadas; la diferencia es que las cerezas inspiraron a Anton Chéjov (autor de El jardín de los cerezos) y los capulines no figuran en obras literarias, hasta donde sé. De esta forma, podemos decir que los capulines son los “primos pobres” de las lujosas y opulentas cerezas.