18 Jun

Sal para todos

Por Staff. En: Ciencia. Tags: , ,

 

Los alimentos bajos en sal pueden saber más salados a unas personas que a otras. Así lo indica una investigación realizada por científicos de la Universidad Estatal de Pensilvania (EE UU) y publicada en la revista Physiology & Behavior, que señala cómo la genética tiene su parte de influencia en la cantidad de sal que nos gusta en los alimentos.

La investigación contó con 87 participantes, de 20 a 40 años, que degustaron alimentos salados a lo largo de varias semanas. La intensidad del gusto fue tasada en una escala de uso común entre los científicos, que oscila entre una sensación apenas detectable y la sensación más intensa, sea cual sea su tipo.

“A la mayoría de nosotros nos gusta el sabor de la sal. Sin embargo, algunas personas toman más sal porque les gusta más el sabor de las comidas saladas y también porque la necesitan para disimular otros sabores desagradables de las comidas”, afirma John Hayes, autor principal del estudio . “Los supercatadores, personas que experimentan el gusto de una forma más intensa, consumen más sal que quienes no tienen tan desarrollado el sentido del gusto. El sabor predominante de los aperitivos es el salado y, al menos en estas comidas, cuanta más sal mejor, por lo que parece que este tipo de comidas gusta más a los supercatadores”, continúa.

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Un equipo de biólogos estadounidenses ha logrado aislar genes que regulan el conflicto sueño-hambre. El hallazgo, que aparece publicado en el último número de Current Biology, arroja luz sobre cómo escoge el cerebro entre distintas conductas claves para la supervivencia.

Estudios anteriores mostraban que los sistemas neuronales que controlan el sueño y la alimentación en los mamíferos están interconectados, de modo que la falta de sueño hace que tengamos ganas de comer y el hambre quita las ganas de dormir. Sin embargo, se sabía poco sobre los genes y bases neuronales de esta interacción.

Para encontrar una explicación, investigadores de la Universidad de Nueva York y de la Universidad de Massachusetts examinaron a la mosca de la fruta Drosophila melanogaster, que cuenta con genes similares a los de los mamíferos para controlar el sueño, la vigilia y el metabolismo. En primer lugar, los científicos determinaron que en las moscas la privación de alimento les producía insomnio, lo que significa que la falta de comida afecta sus conductas de sueño del mismo modo en que lo hace sobre el sueño de los mamíferos.

Tras realizar un ’screening’ inicial de 2,000 genes, identificaron cerca de 12 genes implicados en la interacción entre alimentación y sueño. Entre esta docena de genes, eligieron dos -Clock (Clk) y cycle (cyc)- que juegan un papel en la regulación del reloj biológico de las moscas de la fruta y que están también presentes en los mamíferos. Examinando a moscas de la fruta con y sin los genes Clk y cyc en condiciones de privación de alimento, demostraron que las moscas hambrientas que no tenían ambos genes dormían tres o cuatro veces menos, en comparación con aquellas que sí poseían estos genes. Así, los resultados demostraron que los genes ayudaban a conciliar el sueño en condiciones de privación de la alimentación.

“Sabemos que el cerebro está conectado para realizar más de dos acciones a la vez, pero era menos evidente el rol que los diferentes genes jugaban en estas acciones”, ha explicado Alex Keene, autor principal del estudio.

Los grandes mamuts del Pleistoceno tenían sangre “anticongelante” que les permitía mantener su cuerpo en perfectas condiciones aún cuando las temperaturas eran extremadamente bajas, según se desprende de un estudio publicado en Nature Genetics.

Para llegar a esta conclusión, los científicos han secuenciado los genes de la hemoglobina procedentes de tres mamuts siberianos, de hace diez mil millones de años de antigüedad, que se conservaron en el permafrost, la capa de hielo permanente situada en los niveles superficiales del suelo en las regiones muy frías, como los polos.

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Investigadores de la Universidad de Newcastle, en Reino Unido, han desarrollado una pionera técnica de fertilidad que permite obtener embriones a partir del ADN de un hombre y de dos mujeres. Este avance podría ayudar a madres con ciertos desórdenes genéticos a tener hijos sanos.
 

El ADN de las mitocondrias es independiente del que se encuentra en el núcleo de la célula y contiene menos genes. Tan sólo se transmite de madres a hijos, por lo que aquellas mujeres con una historia familiar de trastornos en el ADN mitocondrial generalmente corren el riesgo de tener un hijo afectado o no tener hijos, ya que de momento no hay tratamiento.

Sin embargo, la nueva técnica permite la transferencia de ADN nuclear heredado de los padres de un niño a una donante de óvulos con sus mitocondrias “sanas”. De este modo, y según explicó el profesor Doug Turnbull, coautor del estudio, “un niño nacido con este método poseería mitocondrias que funcionan correctamente (de una donante), pero en todos los demás aspectos toda su información genética proviene de su padre y madre”. Además, todas las características que hacen a un individuo reconocible no se verían alteradas, dado que las mitocondrias contienen alrededor de 13 genes, frente a los 23.000 que se estima se heredan de los progenitores.

La Ley de Fertilidad Humana y Embriología del Reino Unido, modificada en 2009, impide actualmente un tratamiento de fertilidad usando estas técnicas. Sin embargo, la norma incluye una disposición del Secretario de Estado para que se adopten medidas de forma tal que la técnica pueda ser utilizada en el futuro.

 

Además del perro y el gato, el hombre ha tenido otro compañero inseparable durante los últimos miles de años: el cerdo. Un equipo internacional de investigadores de China, Reino Unido y Estados Unidos ha analizado el ADN de este animal doméstico para reconstruir su historia.

Según revelan hoy los investigadores en la revista PNAS, tras analizar el ADN de cerdos domésticos actuales y el de otros que vivieron hace 9,000 años han llegado a la conclusión de que en Europa los cerdos fueron importados por agricultores que llegaron desde Oriente Medio. Después la población original fue reemplazada por jabalíes locales domesticados.

En China, sin embargo, los cerdos se domesticaron de forma independiente a partir de jabalíes locales. Las especies actuales aún guardan un claro parentesco con los puercos prehistóricos hallados en yacimientos arqueológicos. Según los expertos, la primera domesticación en Asia, en las orillas del río Amarillo, pudo producirse hace unos 10,000 años. Una vez que los cerdos se incorporaron a las granjas domésticas, migraron también junto a las personas desde el sudeste de Asia hasta Nueva Guinea e incluso zonas remotas del Pacífico como Hawai, Tahití y Fiji, según sugieren los análisis.

Seguir el rastro genético de estos animales a lo largo y ancho de Europa y Asia podría ayudar a reconstruir los movimientos migratorios humanos y a situar las primeras actividades comerciales, que pudieron tener a los cerdos como protagonistas.

dna familia

 

Por primera vez en la historia un equipo de científicos ha analizado la secuencia de ADN de dos padres y dos hijos miembros de una misma familia. Según los expertos, se trata de uno de los mayores avances en este área desde que en el año 2003 se decodificó por primera vez el genoma humano.

El análisis genético ha permitido estimar la tasa media de mutaciones genéticas que los padres transmiten a su descendencia y localizar con precisión las regiones de los cromosomas donde se producen los intercambios de informaciones genéticas entre los progenitores para crear nuevas características genéticas en sus hijos, según explican los investigadores del Instituto de Biología de Sistemas de Seattle (EE.UU) en la revista Science.

 
Comparando las secuencias de ADN de los padres con las de sus hijos, los científicos estimaron con un elevado grado de certeza que cada uno de los dos padres lega 30 mutaciones, o sea, 60 en total. Hasta ahora los científicos consideraban que cada padre transmitía un promedio 75 mutaciones genéticas a sus hijos, es decir, más del doble. La mayoría de las mutaciones transmitidas por los padres no tienen ninguna consecuencia para la salud de sus hijos, según los conocimientos médicos actuales, subrayaron los investigadores.

Los investigadores predicen que su método de secuenciación del genoma familiar se incorporará a la mayoría de registros médicos personales de los pacientes en un futuro no muy lejano.

oso-polar

 

El análisis del ADN de un inusual fósil de oso polar (Ursus maritimus) hallado en Noruega confirma que esta especie se separó del oso pardo hace 150,000 años y que sobrevivió a un periodo interglaciar más cálido que el actual. El estudio arroja nuevos datos sobre los orígenes y la evolución de una de las especies más amenazadas hoy por el cambio climático.

Para llegar a esta conclusión, los investigadores compararon el ADN mitocondrial de un diente canino y una mandíbula de oso polar fósiles descubiertos en 2004 en el archipiélago noruego de Svalbard, con el de los osos pardos y polares modernos de las islas Admiralty, Baranof y Chichagof en Alaska. “Nuestros resultados confirman que el oso polar es una especie joven desde el punto de vista evolutivo que se separó de los osos pardos hace unos 150,000 años, y que evolucionó con extremada rapidez durante el Pleistoceno tardío, probablemente al surgir nuevos hábitat y fuentes de alimento en respuesta a los cambios climáticos justo antes del último periodo interglaciar”, afirma Charlotte Lindqvist, investigadora de la Universidad de Buffalo y autora del estudio que publica hoy la revista PNAS. El fósil, que tiene entre 110,000 y 130,000 años de antigüedad, es cercano a la época en la que se produjo la escisión entre ambas especies.

Hasta la fecha se habían hallado muy pocos fósiles de oso polar, debido a que “como viven sobre el hielo, sus restos se precipitan al fondo del mar o son devorados por carroñeros; no se depositan en sedimentos como otros mamíferos”, afirma Oystein Wiig, coautor de la investigación. Los estudios isotópicos determinaron que el oso se alimentaba, al igual que sus actuales congéneres, de focas.

Éste es el genoma mitocondrial de un mamífero más antiguo jamás estudiado, ya que dobla en edad al del mamut, afirman los autores.

bosquimano

 

Investigadores de la Universidad del Estado de Pensilvania en Estados Unidos han secuenciado el genoma completo de cuatro bosquímanos, líderes tribales de aproximadamente 80 años de edad que viven en el Desierto del Kalahari (Namibia), y de un bantú del sur de África, concretamente el famoso activista antiapartheid Desmond Tutu, Premio Nobel de la Paz.
Los resultados, que se publican esta semana en la revista Nature, identifican más de 1.3 millones de variantes genéticas hasta ahora desconocidas. Estas variaciones del ADN indican que los sudafricanos son bastante diferentes genéticamente de los europeos, los asiáticos y los habitantes de África occidental. Además, “por término medio, hay más diferencias genéticas entre dos bosquimanos cualesquiera que entre un europeo y un asiático”, según ha explicado Webb Miller, profesor de biología y ciencia computacional en la Universidad Estatal de Pensylvania (EE.UU), y coautor del estudio.

Genética y salud

Miller y sus colegas esperan que la investigación, además a ayudar a comprender la diversidad humana, permita la inclusión de los habitantes del África austral en futuros estudios genéticos, médicos y farmacológicos. “Para entender cómo afectan los genes a nuestra salud necesitamos conocer el rango completo de las variaciones genéticas humanas, y Sudáfrica es el lugar dónde debemos buscar”, afirma Miller.

Los bosquimanos, cuya población total es de entre 70,000 y 100,000 personas, son el pueblo indígena del sur de África y llevan miles de años viviendo de la caza y la recolección. Su origen común, que se remonta a 27,000 años, los convierte en el grupo humano actual más antiguo del planeta. En cuanto a los bantúes, están compuestos por centenares de grupos étnicos del África sub-sahariana cuya diversidad lingüística es tan vasta como la existente al interior del grupo indo-europeo.

Imagen © Stephen Corry/Survival