Las acacias de Kenia (África) serían derribadas y devoradas sin piedad por los elefantes si no fuera por que cuentan con diminutos aliados: unas hormigas mil millones de veces más pequeñas que los paquidermos que, sin embargo, consiguen asustarlos.

Según revela un estudio publicado en el último número de la revista Current Biology, las columnas de hormigas disuaden a los elefantes introduciéndose en su sensible trompa si se atreven a acercarse a las acacias, que a cambio de protección ofrecen a los insectos refugio y alimento en forma de néctar. “Es una historia de David contra Goliat”, explica el biólogo estadounidense Todd Palmer, coautor del trabajo.

Con este hallazgo se confirma que las hormigas tienen un importante impacto sobre el ecosistema de la sabana en la que viven, al proteger a unos árboles que son necesarios para absorber el dióxido de carbono y reducir así la acumulación de gases de efecto invernadero, señala el estudio.

Todd Palmer y su colega Jacob Goheen , de la Universidad de Wyoming, en Estados Unidos, se dieron cuenta durante una investigación en Kenia de que los elefantes se apartaban de una variedad de acacia común en la zona, la Acacia drepanolobium, en la que proliferan estas hormigas, mientras se alimentaban de otras variedades como la Acacia mellifera, su plato preferido, que está libre de estos insectos. Y comprobaron que eran las hormigas -y no el sabor de cada especie- las responsables de estas diferencias. Además, en un experimento a campo abierto, los científicos eliminaron las hormigas de algunas acacias y comprobaron un año después que estos árboles habían sufrido muchos más daños que los demás.

Un detalle curioso es que estos mismos insectos no molestan a las jirafas, que se alimentan sobre todo de hojas de acacia y apartan a las hormigas con su rugosa lengua. La trompa del elefante, sin embargo, es muy sensible a las picaduras de las hormigas y es el auténtico “talón de Aquiles” del animal, según los científicos.

 

En los años noventa, los científicos comenzaron a preguntarse por qué muchos pájaros comen distintas variedades de chile sin reaccionar al sabor picante (doloroso para muchos) que produce una sustancia llamada capsaicina. Anna Pidgeon, de la Universidad Wisconsin-Madison, ha llegado a la conclusión de que podría estar relacionado con que las aves tienen muy pocas papilas gustativas. Sin ir más lejos, mientras la lengua humana posee cerca de 10,000, los pollos sólo cuentan con 24 papilas, y las palomas con 37. “No sabemos si los pájaros no perciben el picante, pero lo que está claro es que no les afecta como a nosotros”, aclara Pidgeon, que añade que incluso aunque algunas aves perciban todos los sabores básicos parecen tener diferentes reacciones químicas frente a ellos.

Esto supone una ventaja para las plantas, ya que mientras el picante actúa como un eficaz mecanismo de defensa frente a bacterias, hongos, e incluso evita el ataque de mamíferos, no impide la diseminación de las semillas por parte de los pájaros.

 

Cada noche, se inicia una batalla entre los murciélagos y las polillas de las que se alimentan. Mientras los primeros lanzan ultrasonidos para orientarse y localizar su “cena”, muchas polillas han desarrollado un fino “oído” que les permite detectar esos ultrasonidos y huir rápidamente antes de ser atacadas. Sólo los miembros de una especie de murciélagos, Barbastella barbastellus, consiguen darles caza con relativa facilidad. ¿Pero cómo?

Para averigaurlo, Matt Zeale y sus colegas de la Escuela de Ciencias Biológicas de la Universidad de Brystol (Reino Unido) midieron cómo los insectos detectaban a sus potenciales predadores mediante la recopilación de la actividad de los nervios auditivos de las polillas cuando “rastrean la posición de los murciélagos”.

“Registrar la actividad de los oídos de las polillas en la naturaleza ha revelado datos emocionantes”, asegura Zeale, que ha descubierto que mientras que las polillas pueden detectar a otros tipos de murciélagos más de 30 metros de distancia, los Barbastella son 100 veces más silenciosos, ya que han desarrollado una especie de “susurro” que los hace detectables a tan sólo 3.5 metros… Demasiado cerca para que los insectos puedan huir, según explican los científicos en el último número de la revista Current Biology.

 

Los orangutanes utilizan la mímica para comunicarse, según revelan un estudio realizado por un grupo de científicos canadienses en el que afirman que los grandes simios utilizan gesticulaciones exageradas como simular ser rascados cuando se les manifiesta un picor o imitar que abren un nido de termitas para indicar a su compañero que lo haga. El estudio, publicado en la revista Biology Letters, sugiere que la comunicación de los simios es más compleja de lo que se creía.
Los investigadores descubrieron la recurrencia a utilizar la mímica al revisar 20 años de estudios con orangutanes en la isla de Borneo. Los animales habían estado inicialmente en cautiverio, pero se encontraban viviendo en libertad o de forma parcialmente libre en la selva. El equipo identificó 18 casos en los que los orangutanes habían sido vistos realizando mímica.

Algunos gestos eran muy complejos. En concreto, uno de los orangutanes, Kikan, se había lesionado el pie y fue ayudado por uno de los conservacionistas que tomó una pequeña piedra y extrajo látex del tallo de una hoja de higo para curar la herida. Una semana más tarde, Kikan atrajo la atención de su salvador y tomó una hoja y representó el tratamiento que había recibido.

“No estaba pidiendo nada, que es el objetivo más común observado en la comunicación de los grandes simios, sino que simplemente parecía estar compartiendo un recuerdo con la persona que le ayudó cuando se hizo daño”, explica Anne Russon, profesora del Colegio Universitario Glendon de York, en Ontario, Canadá.

Hasta el momento, se creía que la mímica era una sofisticada forma de comunicación reservada únicamente a humanos. Pero todo parece indicar que los orangutanes tienen habilidades comunicativas mucho más sofisticadas de lo que se creía. “La mímica ha sido propuesta como la base de la evolución del lenguaje porque amplía el abanico de mensajes que un individuo puede enviar”, aclara Russon.

 

Los gallos son aves territoriales que muestran su poderío y dominancia mediante los desafiantes cantos, que amedrentan a otros machos y atraen a las hembras. Si después de arrancarse con un potente cocoricó no hay respuesta, quedará claro quién es el amo. Sin embargo, como otro individuo del mismo corral conteste el reto vocal mostrando su candidatura al trono del harén, habrá pelea musical y, luego, física.

Los gallos repiten su canto muchas veces a lo largo de la jornada, sobre todo a mediodía, a media tarde y de madrugada, aunque es al amanecer cuando dan el do de pecho, para dejar clara su altiveza. También emiten un cacareo similar al de las gallinas, sobre todo cuando se disponen a copular o si encuentran comida, para avisar a las hembras.

 

Un equipo de investigadores de la Universidad británica de Bristol ha estudiado las emociones de los animales. Y ha llegado a la conclusión de que éstas influyen en el modo en que perciben en el mundo y en sus decisiones.

Según publican Mike Mendl y su equipo en la revista Proceedings of the Royal Society B, un animal que vive en un mundo habitualmente amenazado por depredadores desarrolla emociones negativas como la ansiedad, mientras que en un entorno lleno de oportunidades y recursos para sobrevivir se encuentra en un estado emocional positivo. En el primer caso, los animales responden de modo pesimista a acontecimientos ambiguos, por ejemplo interpretando un movimiento en la hierba como la presencia de un depredador. Sin embargo, los animales con estados emocionales positivos tendrían un punto de vista optimista de la realidad, y en la misma situación interpretarían que lo que se esconde tras la hierba es una suculenta presa asustada.

“Puesto que podemos medir objetivamente las opciones entre las que puede escoger un animal, podemos usar la toma de decisiones ‘optimista’ o ‘pesimista’ como un indicador de sus emociones”, explica Mendl. De este modo, añade, podremos entender mejor a los animales y contribuir en la medida de lo posible a su bienestar.

 

Científicos británicos de la Universidad de Porsmouth, en colaboración con investigadores de la Universidad de Amsterdam y de la Universidad Veterinaria de Medicina de Alemania, han descubierto que los gorilas también juegan al “las traes”, golpean suavemente al compañero e intercambian el papel de modo que el que recibió el golpe se convierte en el perseguidor y viceversa. El juego se desarrolla de manera muy similar a como lo hacen los seres humanos y también por las mismas razones: mantener una ventaja competitiva sobre el resto durante el juego. El estudio ha sido, publicado en Biology Letters.

“Este experimento es el primero de estas características que se realiza fuera de un laboratorio y muestra cómo los gorilas llegan a adoptar un rol diferente en función de la situación que estén viviendo, ser la persona que las trae o aquella que tiene que correr para que no lo atrapen”, ha explicado la principal autora del estudio, Marina Davila Ross.

Ross afirma que este trabajo muestra que, en situaciones injustas de desventaja, los primates  muestran una aversión a este tipo de situación, de forma que se demostraría igualmente que no sólo los humanos son capaces de cambiar su comportamiento en función del papel social que estén cumpliendo.

Para llegar a estas conclusiones la científica y sus compañeros han estudiado durante cerca de tres años diferentes colonias de monos, pertenecientes a varios zoológicos europeos. Y entre otras cosas, han observado que las reacciones son similares a las típicas de un juego de niños, y que si bien frente a un suave golpe apenas reacciona el animal, cuando recibe un golpe fuerte puede llegar a enfadarse. Además, sostienen que con estos “juegos” los gorilas pueden conocer cuáles son los límites dentro de un entorno social.

 

Algunos peces pueden refunfuñar, gruñir y hasta gritarse unos a otros, según demuestran unas reveladoras grabaciones realizadas por científicos neozelandeses en la reserva marina de de Leigh, en Australia.

“Todos los peces son capaces de oír pero no todos saben generar sonidos mediante la vibración de la vejiga natatoria, un músculo que pueden contraer”, ha explicado Shahriman Ghazali, investigador marino de la Universidad de Auckland. Los rubios de la familia Triglidae, por ejemplo, tienen un amplio repertorio vocal y son muy parlanchines. En cuanto a los bacalaos, la mayor parte del tiempo son silenciosos, pero se vuelven muy ruidosos mientras están desovando.

“Se supone que los peces hablan entre sí por diversas razones, por ejemplo, para atraer a sus parejas, orientarse o asustar a sus depredadores”, ha indicado. Una hipótesis es que emplearían estos sonidos como sincronización para la fertilización de los huevos, y después de la época de cría no se volverían a oír esos sonidos. Ghazali aspira ahora a descifrar el contenido de las conversaciones entre peces con nuevas grabaciones.

“Será el paso siguiente. Ya estamos seguros al 99% de que los peces emiten sonidos. Ahora queremos averiguar qué significan”, ha anunciado el científico en una entrevista con el diario New Zealand Herald.

 

Como un vulgar grupo de “pandilleros”, los chimpancés se reúnen en bandas “callejeras” que matan violentamente a individuos de grupos vecinos para conseguir ampliar su propio territorio. Es la conclusión de un estudio realizado por el experto en conducta de primates John Mitani y sus compañeros de la Universidad de Michigan, que han trabajado durante 10 años con una comunidad de chimpancés en Uganda hasta obtener la primera prueba definitiva de este comportamiento. Los detalles se publican en la revista Current Biology.

Durante una década de estudio los investigadores observaron 18 ataques fatales y encontraron señales de otros tres perpetrados por miembros de una extensa comunidad de unos 150 chimpancés en Ngogo, en el Parque Nacional Kibale (Uganda). Luego, en el verano de 2009, los chimpancés de Ngogo empezaron a usar el área donde ocurrieron dos tercios de esos incidentes ampliando su territorio en un 22 por ciento. Rápidamente, los primates empezaron a trasladarse, a socializar y a alimentarse con sus frutas favoritas en la nueva región.

“Cuando empezaron a desplazarse a esta zona no demoramos mucho para darnos cuenta de que habían matado a muchos otros chimpancés allí”, dijo Mitani. En uno de los incidentes, presenciado por la investigadora Sylvia Amsler, los chimpancés habían estado de patrulla fuera de su territorio dos horas cuando sorprendieron a un pequeño grupo de hembras de la comunidad que residía al noroeste. Y las atacaron, a pesar de que dos de ellas llevaban a crías dependientes a cuestas. Uno de los pequeños murió y el otro, tras horas de ataque y de retener a su madre contra su voluntad, quedó malherido. Todo un alarde de violencia.

Los chimpancés, junto con los bonobos, son los primates vivos más cercanos a los humanos. Los antropólogos sabían desde hace tiempo que matan a sus vecinos y sospechaban que lo hacían para apoderarse de sus territorios. “Aunque algunas observaciones anteriores parecen sustentar esa hipótesis hasta ahora no habíamos tenido pruebas claras y definitivas”, explicó Mitani.

 

En un estudio llevado a cabo con peces guppy (Poecilia reticulata), científicos australianos han encontrado evidencias de que los machos menos atractivos tienen una mejor calidad de esperma. La investigación, publicada en la revista Proceedings of the Royal Society B, muestra que los ejemplares más llamativos y de colores exuberantes “invierten” biológicamente en su apariencia sacrificando su fertilidad.

En la poliandria -cuando una hembra se aparea con múltiples machos-, el éxito reproductivo de un macho depende tanto de su habilidad para conseguir una pareja sexual como de la capacidad de su esperma para competir de forma efectiva para lograr una fertilización. Los científicos del Centro de Biología Evolutiva de la Universidad de Australia Occidental decidieron estudiar cómo se compensan estas dos características en los machos del pez guppy, también conocido como pez millón, procedente de Centroamérica y conocido por su alta tasa de promiscuidad y reproducción.

Para aparearse, explican los investigadores, los peces guppy machos suelen llevar a cabo comportamientos que van desde un cortejo, una especie de “danza ritual”, hasta un apareamiento “furtivo” no consensuado. Comparando las variaciones genéticas de los ejemplares con las conductas que tenían, descubrieron que los machos que preferían llevar a cabo el apareamiento furtivo eran menos llamativos y estaban menos ornamentados que los que realizaban cortejos para aparearse. Sin embargo, los ejemplares menos atractivos tenían mejor calidad de esperma, con el nado más rápido de sus espermatozoides.

Según el profesor Jonathan Evans, que ha dirigido la investigación, estos hallazgos apoyan la “teoría de la competición de esperma”, que sostiene que las hembras se aparean con varios machos y es la calidad del esperma y la velocidad de sus espermatozoides determinarán cuál será el padre de sus crías. “La ventaja reproductiva que gozan los machos más atractivos potencialmente podría quedar contrarrestada por la pobre ejecución de su eyaculación durante la competición del esperma”, explica el investigador.